Querida bitácora:
Hoy un amigo me dijo algo que me dejó perplejo.
Me habló de mis fotografías del otro día con Cruz. De cómo algunas le gustaban mucho y debería exponerlas. Él no es fotógrafo, aunque le gusta mucho la fotografía y ha asistido a varias exposiciones tanto de artistas menos conocidos como de famosos, entre quienes está su favorito (y el de la mayoría), Bressón.
El tema es que yo le dije que no creía que esa foto mereciera ninguna exposición. Es decir, para mi lo vale. Para mi es "una obra de arte" y está en mi exposición personal en mi habitación colgada. Pero, ¿en una galería? Bueno, en realidad, ¿por qué no?
A lo que él me dijo que le encantaría tener esa foto en grande en la entrada de su casa para que cada día al entrar en ella tras el trabajo la mirada de este hombre le recibiera de tú a tú, con la sonrisa de su rostro, con la calma de su pose. Que le gustaba lo que le transmitía esa foto y que le gustaría recordarlo cada día al llegar del trabajo.
La pregunta es obvia, ¿por qué no me compras la foto en ese tamaño en vez de decirlo? Cierto es que no está muy boyante en dinero, que no para de mudarse por trabajo cada dos por tres y que no tiene un recibidor de tal tamaño. Excusas aparte, que haya pensado eso de mi foto me gusta.
No me habló del revelado usado, ni de la fuerza del contraste, ni del desenfoque del fondo, ni siquiera de esos fallos que tiene. Me habló de lo que le transmite. Me encanta que las personas me digan que mi foto les transmite. Es algo que anhelo leer en los comentarios que recibo y que, raramente, recibo.
Creo que alguna vez he tratado este tema, de cómo la gente se centra en exceso en la técnica, en las imperfecciones y olvida lo hermoso que es ese pequeño árbol que tiene delante porque justo detrás está el bosque entero.
Muchas veces me cuesta detenerme y no llamar imbécil a la gente en respuesta sus comentarios, ya que en fotos tremendas sólo ponen que "está ligeramente caída a la derecha". Está claro que lo único caído era su madre cuando nació y le dejó tonto desde el útero (NOTA: Si alguien se molesta con este comentario lo siento, este es "mi diario" y expreso lo que siento).
Por otro lado antes hablé de mi galería personal, en mi habitación. Poco a poco voy imprimiendo en mi casa algunas de estas fotografías que me van gustando más. Estoy imprimiendo sólo las monocromo (que dicen los puristas que no se dice blanco y negro, sino monocromo) en papel mate. ¡Qué gozada este papel! Y eso que aún no estoy usando el bueno de verdad. El día que lo haga no sé cómo alucinaré. Las estoy enmarcando y colgando por mi habitación para ver a cada momento que me apetece.
Sencillamente me encanta verme rodeado de mis fotografías, impresas, palpables. Siempre he oído aquello de que una foto no se disfruta hasta que no la imprimes. He impreso bastantes fotos hasta la fecha, pero lo cierto es que en estos cinco años es la primera vez que disfruto de mis fotografías impresas.
Me tumbo en mi cama escuchando música y las miro. Me pregunto qué hice bien, qué hice mal, qué me rodeaba mientras hacía aquellas fotos y qué cambiaría la próxima vez. Mi mente se transporta al instante en que disparé y lo revivo todo:
"Cruz delante mío de cuclillas haciendo la foto. Yo, detrás de ella, fotografiando cómo ella le hace la foto. Veo que se se levanta y se acerca a darle monedas, es mi momento. Me sitúo donde estaba ella. Encuadro. Veo que no es buen encuadre y me retiro un poco. Como estoy bastante más gordo que ella debo poner una rodilla, la derecha. Me da más estabilidad.
Hago un disparo. No hay tiempo para comprobar cómo ha quedado. Miro de reojo dónde está la raya del exposímetro. Tengo el diafragma en 3.5, mi apertura favorita para el 50mm 1.8. Quiero más desenfoque. Necesito más desenfoque en mi foto. Bajo hasta 2.5 de diafragma. Ajusto la exposición aumentando la velocidad hasta 1/1500. Hace una luz del demonio. Es medio día y tengo mucho contraste entre las sombras del hombre y el fondo. Rezo.
No acabo de tener claro que esa velocidad sea la adecuada. Doy más velocidad hasta v1/2000. Un palpito me dice que es la buena. Me muevo levemente hacia atrás para abrir un poco más el encuadre. Disparo. Hago varias fotos más de seguridad. Mientras hago una de estas el hombre parece que me está mirando. Se me hiela la sangre. No, no me mira a mi. Mira detrás de mi, hacia el edificio que está dibujando a mano. Esa será mi foto. Ya está escogida. Muevo el encuadre, hago dos disparos más y me levanto. Cruz ha hecho alguna foto. Me acerco a ella, nos da las gracias, hacemos lo propio. Disparo alguna foto más de su lateral. Nos alejamos.
Tras dar unos cinco o seis pasos me doy la vuelta. Le miro de espaldas. Pienso si hacerle otra foto. Decidí no hacerla. Más tarde me arrepentiría no haberla hecho sacando de fondo lo que dibujaba. En realidad daba igual, yo soy retratista y retraté su cara, su mirada centrada en su objetivo y su rostro feliz. Tenía mi foto, lo que había salido a cazar ese día. Estaba feliz."
Mi buen amigo Janelka me dijo hace un rato que le gusta esta bitácora de viaje, pues vivo la fotografía. Aquí tienes un ejemplo de cómo vivo la fotografía. De cómo es para mi hacer una foto. No es un mero ritual o una sucesión de pensamientos. Todo eso sucedió en segundos. Apenas llegarían a 10 y porque quise esperar a ver si hacía algo diferente. Normalmente no tardo más de 2 segundos que, para mi, se hacen eternos.
Amo fotografiar personas. Amo capturar sentimientos. Y me gusta más hacerlo de quienes no conozco porque entonces mi cámara es sincera y muestra lo que ve. No deja que me influya el cómo me caen o lo que sepa de ellos. Personas que seguramente no volveré a ver en mi vida y cuya auténtica realidad tal vez no me importe tanto como aquella que está impregnada en el papel mate que está expuesto en la pared de mi habitación.
One shoot, one kill... One shoot, one photo in my room.
Hasta pronto, querida bitácora.
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